Al día siguiente, se arregló de la mejor manera posible, poniéndose un vestido que su madre había hecho especialmente para la ocasión, y salió, agradeciéndole a Dios que por fin las vacaciones hubiesen terminado. Pero el niño no apareció. Y así pasó otra angustiosa semana, hasta que supo, por algunos amigos, que se había mudado de ciudad. «Se fue lejos», dijo alguien.
En ese momento, María aprendió que ciertas cosas se pierden para siempre. Aprendió también que había un lugar llamado «lejos», que el mundo era vasto, su aldea pequeña, y que la gente interesante siempre acababa marchándose. A ella también le habría gustado irse, pero todavía era demasiado joven; aun así, mirando las calles polvorientas de la pequeña ciudad en la que vivía, decidió que algún día seguiría los pasos del niño. Los nueve viernes siguientes, conforme a una costumbre de su religión, comulgó y le pidió a la Virgen María que algún día la sacase de allí.
También sufrió durante algún tiempo, intentando inútilmente encontrarla pista del chico, pero nadie sabía adónde se habían mudado sus padres.
María entonces empezó a creer que el mundo era demasiado grande, el amor algo muy peligroso, y la Virgen una santa que vivía en un cielo distante y que no escuchaba lo que los niños pedían. |
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Hija me parece muy excelente libro la verdad veo que te llamo mucho la atención
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